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| Publicado el 10/12/2009 12:17:00 PM |
Cuando el mundo aún era un lugar plagado de rincones ocultos y vírgenes, cualquier viaje era una aventura. Casi siempre había algo por descubrir, y las largas travesías eran verdaderas expediciones. Muchos viajeros europeos pasaron antes que Charles Darwin por Argentina. Muchos de ellos ayudaron a desentrañar los misterios de estas tierras, a conocerla, a visualizar sus límites. Pero es difícil mencionar a alguno cuyos hallazgos hayan tenido para el mundo las consecuencias desprendidas de lo que descubrió el naturalista inglés. De allí la idea de emprender este viaje, de la manera más parecida posible al que realizó el Beagle entre 1832 y 1834. Se trató de ir en busca de algunas de las piezas de ese rompecabezas que conforman la revolucionaria teoría de la evolución, descripta en El origen de las especies. Basta observar el espacio que en dicha obra ocupan los hallazgos patagónicos en comparación con los de Galápagos, por ejemplo, para entender la magnitud de su paso por estas tierras. El desafío fue doble: contar todo lo anterior, pero también trazar un camino olvidado que hasta ahora casi no recibió atención: la ruta de Darwin en Argentina, si no en su recorrido original, al menos sí en el relevamiento de cada lugar por el que pasó. No se trató de una expedición científica, sino periodística. Es decir, divulgar de manera sintética la importancia de cada hallazgo en la conformación de su teoría, para que aquellos que aún no lo sabían lo descubran y, si lo desean, se sumerjan en los textos especializados. Llama la atención saber que cada año acuden numerosos científicos y aficionados europeos –en especial ingleses- interesados en recorrer estos lugares. Apenas hay dos o tres sitios que lo aprovechan, como en Punta Alta o Puerto Deseado. En el resto casi no hay nada organizado, y en cuanto a los canales fueguinos, es una empresa chilena la que ofrece el recorrido. Si no fuera porque este año se conmemora el 200 aniversario del nacimiento de Darwin y los 150 años de la publicación de su El origen de las especies, el paso del naturalista inglés por Argentina seguiría confinado al museo de Punta Alta en el que los especialistas luchan para conseguir presupuesto para preservar la zona de fósiles. Quizás los eventos programados este año ayuden a revertir esa situación.
Los hallazgos
La siguiente es una síntesis extrema de la ruta trazada por La Voz del Interior durante casi 15 días, tras las pistas de Darwin (todas las notas pueden ser encontradas en lavoz.com.ar): Santa Fe: el factor humano de la extinción. Darwin hizo observaciones sobre el yaguareté, precursoras del papel del hombre en la extinción de las especies. Le gustaba tanto el Paraná que lamentó que sus costas no fueran inglesas. Paraná: un tesoro a orillas del río. Darwin descubrió que hubo caballos en América antes de la llegada de los españoles. Trazó el perfil geológico de la zona, que aun hoy se utiliza. Buenos Aires: el rasgo evolutivo de la corrupción. El hallazgo fue antropológico. Darwin describió a los porteños con dos rasgos característicos: la corrupción y la belleza de las mujeres. Enalteció, en cambio, el honor del gaucho. Punta Alta: la catacumba de monstruos. Darwin encontró un yacimiento de restos fósiles único en el mundo, con especies que nunca habían sido descriptas, y que fueron la base de su teoría. Casi todo el lugar se mantiene intacto. Pehuen Co: huellas extintas… por las 4x4. Cerca de Punta Alta quedaron estampadas las huellas de los animales extintos cuyos fósiles encontró Darwin. Podría ser declarado Patrimonio de la Humanidad, si no las terminan de destruir. Carmen de Patagones: cuando Darwin conoció a Rosas. En agosto de 1833, Charles Darwin se entrevistó con Juan Manuel de Rosas en el campamento desde el que comandaba la Conquista del Desierto. Sus impresiones presagian buena parte del futuro del país. Puerto Deseado: la magnífica desolación. A pesar de la desolación del paisaje patagónico, Darwin encontró un placer inédito en recorrer el río Deseado. Halló algunas especies e intuyó que el mar cubría en algún momento toda la región. Puerto San Julián: el guanaco de Darwin. Al encontrar el esqueleto fosilizado de un antepasado del guanaco, Darwin comenzó a pensar en la transformación de las especies, y a dudar de que un cataclismo explicara su extinción. Puerto Santa Cruz: la maldición del agua donde nada crece. En su expedición por el río Santa Cruz, Darwin veía como un castigo que hubiera tanta agua en un suelo donde no puede crecer nada. Estuvo a una hora de llegar al Perito Moreno. La maldición de los fondos K para el crecimiento productivo. Estrecho de Magallanes: en el límite del fin del mundo. En 1833, Darwin se encontró con un panorama desolador en el territorio más austral del mundo. Sin embargo, halló especies que se adaptaban a la aridez y el frío. Esbozó la primera teoría sobre formaciones glaciares. Wulaia: la adaptación de la especie humana. Darwin describió a los indígenas yámanas como una raza inferior, en contradicción a la que sería su teoría sobre la adaptación de las especies. En Wulaia, Fitz Roy intentó crear una colonia protestante. Cabo de Hornos: la aventura de doblar al fin del mundo. Una aventura que no fue tan accidentada como la de Darwin, a fines de 1832. El recorrido de estos días no incluyó dos destinos: Malvinas y un sector de la Cordillera de los Andes en Mendoza. Malvinas fue importante ya que allí decidió, casi al inicio del viaje, hacer estudios comparativos entre todos los fósiles, plantas y animales que iría recolectando. En Mendoza (a donde llegó por unos días, durante la travesía por Chile) quedó impactado al descubrir que los Andes estaban formados principalmente por lava submarina. Y que en alguna época –demasiado lejana para los tiempos bíblicos- habían estado bajo el agua.
Lo que queda
“Entre los cuadros que más honda impresión han causado en mi espíritu, ninguno tan sublime como el aspecto de las selvas vírgenes en que no hay ni vestigios de paso del hombre; sean éstas las del Brasil, donde domina la vida en toda su exhuberancia; sean las de la Tierra del Fuego, donde se enseñorea la muerte (…); también las llanuras de la Patagonia, a pesar de la conformidad en que se hallan todos los viajeros en afirmar que no son otra cosa que miserables desiertos… ¿Por qué, pues, han hecho en mí, y no soy único ejemplo, tanta impresión aquellos desiertos?”. Estas son algunas de las conclusiones de Darwin en su Diario de viaje. Y las traslada técnicamente a El origen de las especies, donde dedica casi la mitad del libro a describir sus hallazgos en Argentina. De aquel país de 1832-1834 quedan vestigios en los que todavía nos reflejamos. Hay en ellos una oportunidad para indignarse –para ejercitar el chauvinismo-, o para aprender. La elección también nos describe como argentinos.
E.L |
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