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Lunes 22 de Diciembre de 2014
Darwin
 
La magnífica desolación
Publicado el 10/5/2009 12:01:00 AM


Puerto Deseado. Un sol casi eterno, sequedad en el ambiente, barrancas que cortan un río y llanura en ambas márgenes. Pura llanura de tierra rojiza mezclada con blanco y matas de pequeños arbustos espinosos. Aquello que observó Charles Darwin el 23 de diciembre de 1833, apenas el Beagle ancló en Puerto Deseado, es lo mismo que se puede ver hoy al asomarse por el primer acantilado que aparece al final de esta ciudad santacruceña.
Puerto Deseado pudo ser el primer asentamiento español en la Patagonia, pero el clima y los ataques de indígenas habían obligado a los colonos a marcharse cuando llegó la tripulación al mando de Robert Fitz Roy. Todo era ruinas y desierto.
El mar ingresa varios kilómetros, por lo que Darwin y otros marinos decidieron navegar hacia adentro, en busca de agua dulce. Ese mismo recorrido puede realizarse hoy en lancha aunque a precios europeos, sólo aptos para extranjeros. 


Vista desde el río Deseado, por Conrad Martens. La misma imagen, hoy. 

En algunos puntos de las planicies, Darwin encontró ostras e interpretó que no muchos siglos atrás (hoy se sabe que hace unos 10 mil años) esos terrenos habían estado bajo el mar. Fue quizá la primera interpretación de que, en la costa patagónica, en una época interglacial, el mar tuvo un nivel más alto que el actual.
A los pocos minutos de remontar la ría ya se comprenden las palabras de Darwin en su Diario de Viaje: “En todo el paisaje no hay más que soledad y desolación; no se ve un solo árbol, y salvo algún guanaco que parece hacer la guardia, centinela vigilante, sobre el vértice de alguna colina, apenas si se ve ningún animal ni un pájaro; y sin embargo, se siente como un placer intenso, aunque no bien definido, al atravesar estas llanuras donde ni un solo objeto atrae nuestras miradas, y nos preguntamos: ¿desde cuándo existirá así esta llanura? ¿Cuánto tiempo durará aún esta desolación?”. 




Dudas terribles

La expedición actual por el Deseado deja sensaciones parecidas a las de Darwin: el silencio absoluto, las rocas moldeadas por el capricho de la naturaleza, planicies vírgenes abandonadas al tiempo, un río ahora chocolatoso que alguna vez transportó agua glaciar.
Pero además del guanaco, los escarabajos y los buitres que Darwin describió en este recorrido, es posible encontrar un paraíso faunístico entre las rocas. Quizás Darwin, acostumbrado a verlos en cada puerto, no les prestó demasiada atención: lobos marinos, “patos vapor” (los únicos de su especie que no logran levantar vuelo), el corcomán gris (una especie en extinción en el mundo) y pingüinos (en la Isla de los Pájaros, donde anidan y viven 30 mil de estos animales).
Todo el lugar es una reserva natural provincial, pero no hay guardaparques ni en la isla en la que anidan los pingüinos: en varios puntos de las playas hay botellas o bolsas de nailon, e incluso cenizas de fuegos para asados. 



Tampoco hay nadie que controle la caza de pumas o guanacos, que se practica a pesar de su prohibición.
Lo mismo sucede con la liebre: sólo queda una especie introducida desde Europa, pero ya no hay huellas de la mara (liebre patagónica).
Darwin no le encontraba explicación –en ese momento- a por qué los viajeros del siglo anterior (XVII) hablaban de enormes cantidades de maras o ciervos, mientras que cuando él llegó eran muy escasas o inexistentes.
El joven inglés entendía ya las consecuencias de sus observaciones. Cuando se preguntaba “¿desde cuándo existirá así esta llanura?”, o “¿Cuánto tiempo durará aún esta desolación?”, algo lo inquietaba: “¿Quién puede responder? Todo lo que hoy nos rodea parece eterno. Y no obstante, el desierto hace oír voces misteriosas que evocan dudas terribles”.

 
 
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