Carmina Ordóñez se enamoró de Isauro Valentino por su audacia. El tipo debe haberse tomado en serio su apellido, porque demostraba a diario ser valiente.
De chico se trepaba al árbol más alto, iba a buscar la pelota cuando se caía en el criadero de perros al lado del potrero o se animaba a entrar en lo de “la Bruja” Matilde, una viuda que generaba terror entre los niños del pueblo.
Ya de muchacho manejaba parado la Puma Cuarta, se pasaba de un auto a otro en movimiento o se animaba a bailar chamamé con la gorda Mirta, que si te pisaba te quebraba dos o tres dedos.
Todo eso le gustaba a Carmina. Entonces, lo conquistó y logró llevarlo al altar. Pero al poco tiempo ya estaba arrepentida, Isauro, con su amor por los riesgos, la hacía vivir con el corazón en la boca. Como su forma de ser lo alejaba de todo trabajo rentado, ya que nadie quería arriesgarse con un arriesgado, Valentino se la rebuscó en el mundo del espectáculo improvisado.
Entre otras cosas, se tiró con un paraguas desde el tanque de agua del pueblo, se encerró en una Estanciera con un puma y montó sobre un toro en las Patronales. Pero esos rebusques no le daban ni para los costos de internación y tratamiento que demandaban las consecuencias de semejantes proezas. Ya que amaba los riesgos, asumió entonces la riesgosa profesión del ladrón y en ella, gracias a su coraje, se manejó como pez en el agua.
Carmina notó el cambio, empezaron a vivir mejor, pero a ella le iba peor con los sustos. No podía pedirle nada que su esposo se lo traía al rato. “A los chicos les hacen falta zapatos”, decía la mujer, por ejemplo, y Valentino desvalijaba una zapatería completa. Pero era astuto, robaba todos zapatos marrones y los teñía de negro para evitar sospechas.
Un día golpearon a la puerta temprano y con insistencia. No era la Policía, como ya esperaba Carmina a esa altura, sino Anselmo Báez, amigo de la infancia de Isauro que estaba de vuelta por el pueblo después de recibirse de médico (dicen que este Báez fue compañero del Che Guevara, pero no me consta). Al escuchar su voz, Valentino saltó de la cama para abrazarlo y prometerle que esa noche festejaban el reencuentro. “Te espero con un lechoncito”, arrojó. Carmina tembló al escucharlo y, cuando Anselmo se marchó, le recriminó:
– Ni se te ocurra robarlo.
La sospecha tenía fundamentos, Isauro sabía que era sábado y que los sábados el Chato Menoyo carneaba los lechones que vendería en la semana en el patio de atrás de su carnicería. Ese patio daba a los fondos con el bar de Tito Sánchez, que los viernes se acostaba de madrugada, por lo que la ruta para escapar con un lechón de seguro estaba liberada. Salió todo tal como lo esperaba. En un descuido del carnicero, se birló uno de los seis lechones carneados esa mañana. La falta fue muy evidente, por lo que Menoyo salió a la calle a los gritos. “¡Me han robado, me han robado!”.
Lo demás es de imaginar. Actuó la Policía a pleno, es decir los cuatro agentes del pueblo, hicieron averiguaciones y no faltó la vecina que dijera que había visto pasar a Isauro con algo entre las manos.
Los cuatro agentes desfilaron por la casa del Isauro y el muy arriesgado los dejó pasar “para que vean que no hay ningún lechón en la casa, registren nomás, registren”. Carmina temblaba, mientras su marido tomaba mate en ojotas muy tranquilo y los agentes le daban vuelta la casa.
–Sólo falta revisar el ropero –dijo el comisario a sus ayudantes.
–¿Cómo voy a tener un lechón en el ropero? –se burló Isauro en medio de una carcajada.
Los agentes abrieron el mueble, repasaron con la vista el contenido y cerraron. –Disculpe las molestias –dijo, por fin, el comisario. Y se marcharon.
–¿Dónde está el lechón? –preguntó enojada Carmina luego de cerrar la puerta. –En la cuna del Carlitos –dijo Isauro.
Y en efecto, el lechón carneado descansaba en la cuna del más chico de la familia, que justo en ese momento estaba en lo de la abuela.
–¿Cómo se te ocurre ponerlo en la cuna? ¿Cómo no lo descubrieron, si hasta miraron allí?
–No hay nadie que se atreva a decirles a los padres que un bebé les salió muy feo –cerró el osado Isauro, que se puso de inmediato a adobar el lechón. |